Articulación política y acción comunicativa

Por Alfonso Torres, Periodista

De ahí que un proyecto político que quiera aportar a la profundización de la democracia y la consolidación de sus instituciones está desafiado a apostar, más que por los modelos organizativos, por las acciones comunicativas.

Al momento de pensar la articulación de un movimiento político en el contexto actual del país se nos viene encima el peso de la concepción política organicista de la sociedad. Desde principios del siglo XX la política se ha desarrollado en sus componentes instrumentales en ambos bandos de la guerra fría. La razón instrumental derivada de la filosofía de la conciencia y de alianzas de sujetos explotados en pos de una “utopía” liberadora ocupó el centro de las producciones teóricas que orientaron la acción.

Desde Para qué la acción de Simone de Beauvoir de finales de los años 40, y las reflexiones políticas de Hannah Arent, conjuntamente con el Eclipse de la razón de Adorno y la Escuela de Fráncfort, las reflexiones acerca de la acción política libertaria tomó nuevos caminos.

Con la caída de los muros y la entrada en una época global el pensamiento crítico estructuró su hermenéutica con los temas de las sociedades abiertas y los teóricos liberales de la democracia. El choque de escuelas y de visiones dio lugar a un pensamiento complejo conjugador de vertientes múltiples y heterogéneas que fueron marcando huellas y ocupando vacíos de paradigmas de finales del siglo pasado.

Jans Jonás y su ética ecológica, Habermas y su democracia deliberativa, Derrida y su deconstrucción, Rorty y su contingencia encontraron eco tardío en América Latina para amortiguar un debate que apenas comienza y que tiende a abrirse campo con el giro a la izquierda, si se me permite tal vocablo, del continente americano.

Un movimiento político contemporáneo está compelido a hacer acopio de nuevas visiones y debates para iluminar su práctica y superar conceptos políticos excluyentes corroídos por el tiempo social. Las nuevas tecnologías, la revolución internetiana, los límites de los recursos naturales, el respeto de los estilos de vida y de los derechos de minorías, así como la economía y la política en la era de la globalización digital obligan a reflexiones que ameritan poner en tensión la imaginación creadora.

Superar los grandes relatos, las exclusiones, las utopías de un mundo fantástico, las totalidades y la autoridad cientificista de los saberes  se hace imposible desde una visión cultural anquilosada y desde unas prácticas políticas acríticas y conservadoras muy presentes entre los actores que en República Dominicana asumen discursos de transformación, ciudadanía y democracia más como retórica que como compromiso cotidiano.

Democracia y juegos de lenguaje

Encarar los temas de los juegos de lenguaje, de los códigos comunicaciones como significantes de relaciones de poder, desempeña un rol estelar a la hora de plantearse la participación política de una asociación de ciudadanos y ciudadanas que se interpelan y que quieren dotar de nuevos sentidos y direccionalidad la crítica social.

Si asumimos que de lo que se trata es de contribuir a la generación de nuevas prácticas y de nuevas visiones de la política que se entronquen con la aspiración de una sociedad democrática, es oportuno preguntarse a qué nos referimos cuando hablamos de democracia.

Democracia es promesa, construcción, diversidad, autonomía, interculturalidad. Comunicación inter-subjetiva basada en códigos que revelan signos culturales, semióticas y niveles de información diferenciados. Variadas concepciones de ella misma conviven en el interior de este sintagma cuya genealogía más inmediata y cercana en América se remonta a Tocqueville y sus célebres estudios del mundo de la vida en Estados Unidos.

Una política democrática entonces toma en cuenta los ADN de los actores con los que trabaja y a partir de los cuales se propone interpelar el resto social. Por lo tanto habría que evitar una estructura organizativa que tenga por finalidad homogenizar, estructurar la acción, jerarquizar roles y actuaciones, superponer mandos, centralizar y concentrar la autoridad.

Entiendo que debemos hacer lo contrario. Auspiciar la diversidad, sacar provecho de la heterogeneidad, conjugar lo distinto sin tratar de convertirlo en único, y motivar para que puedan expresarse generaciones desiguales, variados sectores e intereses  dentro de un mismo movimiento. Esto podría parecer inviable, y talvez lo sea, pero hasta ahora lo unísono, lo homogéneo, lo centralizado, lo totalitario es lo que se ha impuesto como forma de construcción política y los resultados humanos de este tipo de acción ya lo conocemos.

La fuerza del bi

Contrario pasa con la música. El bi digitalizado surgido en la Alemania unificada después de la caída del muro (good bye Lenin) da cuenta del poder de la música electrónica como uno de los fenómenos más espectaculares del siglo XXI. El bi se fusiona y al hacerlo genera su fuerza avasalladora. Las masas se electrocutan y se lanzan al vacío de la existencia reconociéndose en el parpadeo de imágenes ilusorias convertidas en realidad por el efecto de ritmos disímiles provenientes de todas las culturas. En la mezcla, en la fusión reside y se oculta la seducción, el contagio, la fuerza capaz de transformar lo imposible en posibilidad, lo irreal en realizable.

Podríamos entonces partir de que como la música somos signos y bi, y que igualarnos se hace no solamente innecesario sino que sería una pérdida de potencia y de riqueza. ¿Puede esto impedir articular actuaciones conjuntas en el sentido político? Es un dilema a resolver pues si la acción quiere seguir siendo política ha de tomar en cuenta esta cuestión. Mujeres y hombres somos distintos. Jóvenes y viejos separados por brechas generacionales tanto como campesinos, obreros, estudiantes, profesionales, comerciantes, empresarios que forman redes complejas tejidas bajo ciertas lógicas de poder.

Tenemos menos en común de lo que por lo general consideramos. De ahí que sea imposible encerrar en una ideología el interés y los saberes de un grupo o de una persona. Al formular los postulados básicos del neoliberalismo, que dieron pie al consenso de Washintong, Hayec estudió a profundidad la naturaleza del ser para levantar una propuesta de organización de la producción de bienes, de circulación de mercancías y de su consumo acorde con la voluntad de poder que da impulso a toda acción humana.

De otro lado, la racionalización de los estilos de vida en los socialismos reales o existentes tiene como fundamento la razón instrumental que tiende al autoritarismo. Una economía planificada que intenta controlar y pautar la creatividad individual pierde de vista ese basto infinito que es el Ser. En Totalidad e infinito Emmanuel Levinas encontró en esa la mirada del otro lo distinto que se esconde en cada ser humano y en esa distinción la infinitud de sus potencialidades. De ahí que la solidaridad, la a-cogida, la apertura y el acontecimiento sean nociones que nos proporcionan otro modo de ver la política si la asumimos desde una ética dialógica y comunicacional que da cabida a la condición postmoderna del ser contemporáneo (Lyotard).

Ahora bien. ¿Por qué siendo diversos nos conjugamos para hacer política? Porque la política hoy es acción común de lo plural. Ciudadanos y ciudadanas obligados a pactar sus individuales para convivir en paz y en armonía con la naturaleza tomando en cuenta su voluntad de poder destructora y animal. Es lo que hace surgir el Estado como control del Leviatán (Hobbes).

Acción comunicativa

En la actualidad se trata de ciudadanos subsumidos y subordinados por una política antidemocrática que les impide su realización. Nos juntamos libremente y nos valemos de los saberes acumulados para vivir mejor, para aprovechar de mejor manera nuestras potencialidades, para ser más libres y para que haya más justicia, he ahí la pertinencia de la democracia, paradigma que más allá de lo jurídico se concreta con los procedimientos y la reglamentación  por la acción comunicativa (Habermas vs. Rawls).

De ahí que un proyecto político que quiera aportar a la profundización de la democracia y la consolidación de sus instituciones está desafiado a apostar, más que por los modelos organizativos, por las acciones comunicativas. Entendiendo comunicación como el espacio en disputa de lo público donde la democracia toma cuerpo.

Comunicar nuestras ideas, seducir y contagiar contingentes poblacionales, articular sectores con microrelatos atractivos, crear iconografía y semióticas que identifiquen ideas, relevar imágenes de-constructivas de verdades obsoletas son las armas de lucha de un proyecto político que pretende introducir innovaciones y vivificaciones en la sociedad.

Por lo tanto, la acción política contagiosa, seductora y liberadora de energías es contraria a toda organización arreglada a fines orientados por la razón instrumental. La razón comunicativa y dialogante escoge como escenario de su práctica el espacio de lo público y las corrientes de opinión de modo que en esta simbiótica vayan surgiendo las mejores formas y prácticas organizativas.

Por eso más que de construir un movimiento pienso que debemos hablar de articular los movimientos que ya existen como expresión de intereses preestablecidos en la sociedad. Seducirlos y contagiarlos con nuevos relatos del mundo de la vida, asidos a los signos del tiempo y de saberes sometidos (Foucault) de jóvenes y de mujeres que aspiran a otro país posible.

Un movimiento de movimientos, enfatizando que de lo que se trata es de articular la diversidad procurando que la misma pueda ser expresada en un clima de respeto y de autonomía. Por consiguiente la dirección política ha de estar sujeta a estos principios y debe promoverlos como fundamento de los modos organizativos.

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