La grandeza del presidente

Entonces era impensable que tres años más tarde ganara en una segunda vuelta las elecciones de 1996 con el engendro de un frente épico.

por Alfonso Torres

Hay un país en el mundo es probablemente el texto épico que más conmovió a la juventud de postguerra. Aunque René con su Viento frío desafiaba dejar atrás esa épica patriótica, su adelanto poético era cifrado en momentos de fervientes dilemas ideológicos, terreno poco fértil para ver la patria como lenguaje, como la veía Borges, noción acogida por la filosofía hermenéutica convertida en clave de la trama política del siglo 21.

Era el 3 de septiembre de 1993 cuando un humilde abogado, entonces candidato a la vicepresidencia de ese épico país, “colocado en el mismo trayecto del sol”, analizaba la coyuntura política electoral.

Describía con discurso menudo los conflictos interiores del tribunal electoral a raíz de la sustitución de uno de sus jueces por causa de muerte. El presidente de entonces impuso a un homicida como juez titular. Aquel abogado, por orden de su partido, denunciaba el hecho como el germen de una crisis de legalidad.

Analizaba la política estadounidense hacia América Latina y el Caribe con el interés de destacar la ingerencia extranjera en los asuntos internos. Hablaba con poco convencimiento del fraude electoral de tres años antes y ponía en duda que algo parecido pudiera ocurrir en las elecciones de un año después.

Exponía sus ideas junto al hoy presidente del principal partido de oposición y algunos connotados dirigentes de la pulverizada izquierda criolla.

Aunque yo era un muchacho feliz y virgen de mente todavía, podía notar, sentado en la tercera fila del escenario, que el abogado bailaba entre los expositores con cierta destreza, aunque lo que allí ocurría no daba para imaginar lo que vendría luego.

Efectivamente se produjo el fraude contra Peña Gómez y la crisis postelectoral anunciada se hizo realidad. La posición del candidato perredeísta, el protagonismo en ciernes de participación ciudadana y el boomerang de las denuncias internacionales obligaron a que el heredero del régimen de Trujillo aceptara próximo a su declive una reforma constitucional que consagró nuevos comicios en dos años, prohibió la reelección y separó de las presidenciales la escogencia de legisladores, de síndicos y de regidores.

El abogado desenrollaba desde la lejanía del poder  los hilos de la situación que vivía el tropical país. Entonces era impensable que tres años más tarde ganara en una segunda vuelta las elecciones de 1996 con el engendro de un frente épico.

Llegó de la mano de los caudillos que eran la cara y la cruz de la misma moneda épica. Aquella a la que renunció René y que ahogó entre copas y desaires poco antes de pisar el ebrio acelerador para entregarse a la muerte retada con su canto en el heroico 65.

La grandeza del presidente proviene de haber asegurado el pasado épico y prorrogarlo, estirarlo, prolongarlo hasta donde ya no se puede más. Es la grandeza del príncipe que con su habilidad se encumbra por encima de su pueblo para vanagloriarse con exhibiciones de sabiduría comprada a los sabios de la plebe.

La grandeza del presidente está en ese querer ser grande. En ese deseo de quedar en la memoria de futuras generaciones como el más audaz, vencedor y conocedor del poder en una media isla cuyos habitantes buscan la felicidad en el olvido.

La épica racista enrostrada con paños de banderas en las efemérides, traducida en política de Estado, nos recuerda a cada instante lo que somos. Un país que tiene como enemigos a sus vecinos más cercanos, como principales socios comerciales sus invasores, como sus personajes a emular sus verdugos.

En medio de ello se erige la grandeza del presidente. Grande porque comprendió desde que pisó las alfombras del poder que el truco para serlo se esconde en dejar que los dueños del fluvial país hagan lo que le venga en gana, gocen de sus fortunas mal habidas sin importar el ronquido de la muerte entre los hogares de millones de sus habitantes.

Ese ronquido al que le cantó René antes de morirse, el mismo que generó el conflicto postelectoral que posibilitó la victoria de aquel abogado.

La grandeza del presidente nació cuando probó las primeras mieles. Creció cuando entregó buena parte de las empresas públicas a intereses ajenos al bienestar colectivo, proceso de privatización que resultó en bodas de sangre.

Esa grandeza se hizo más grande con su adhesión al consenso de Washington, y más todavía con su estar en el momento indicado y ser propietario de una ética adquirida en un mercado de competencia imperfecta.

La grandeza del presidente no pudo coronarse en su primer periodo. En la oposición fue invernada para mejores momentos. La ley impune de sus sucesores facilitó su regreso convencido de que lo iniciado ocho años atrás tenía que ser más grande.

Como carta sacó de la manga un Metro que nunca ofreció y que nadie pidió, surtió su discurso con una revolución democrática pendiente desde los sesentas y transformó el frente épico en un bloque progresista que sumó toda suerte de personajes épicos.

Para sellar su grandeza no podía faltar una reforma constitucional que para pasarla, en un congreso de súbditos, estuviera aromatizada de manos técnicas y debates televisivos que la revistieran de legitimidad democrática haciendo innecesaria una constituyente elegida por voto popular.

Ya grande el presidente dispone a su antojo de su partido, otrora instrumento de la pequeña burguesía teorizada por su fundador como portadora de vicios y apetencias personales, y como subclase mediocre del capitalismo tardío.

También dispone para ser más grande del partido fundado por el déspota ilustrado cuya visión y prácticas echaron raíces en todas las esferas de la vida pública del frutal país. También reina entre las franquicias de todos los designios de insignes personajes provenientes de las épicas de origen izquierdista y ultraderechista.

Es tan grande la grandeza del presidente que ha logrado cuanto se ha propuesto en el marco del respeto de los sacrosantos intereses de las élites económicas y católicas del inverosímil país.

Goza de la más portentosa feria del libro que se realiza en el Caribe, del despacho de la primera dama más opulento de la historia, de los ministros más enjundiosos del continente, de una posicionada fundación que sustituye funciones estatales con recursos públicos; y del beneplácito, la alabanza y la defensa hasta la muerte de dignatarios eclesiásticos, de periodistas de nombradía, de  prominentes abogados y de expertos de todas las ramas del saber.

Casi en la gloria la grandeza del presidente se pone a prueba con la crisis del capitalismo mundial. Pero da señales de querer sobrepasar todos los obstáculos del nuevo camino. De ahí su foto con el más galardonado combatidor viviente del sistema, su acercamiento al presidente obrero del cono sur y la expresión de simpatía con los admirados cambios bolivarianos sin descuidar las renovadas aguas imperiales de la democracia Made In USA.

Aún así la grandeza del presidente se ve empañada por las pequeñeces de las luchas médicas por mejores salarios acompañadas de encendidas protestas callejeras de comunidades que claman servicios públicos de baja inversión. Más empañada se ve por las acciones delictivas, escandalosas y sucesivas de sus propios ejércitos.

Que el ministro del interior y una parte de sus funcionarios vean en esos episodios un motivo de preocupación y de perturbación, que alucinen con el fantasma de la rebelión de abril de 1984 llama mucho la atención. Asoma la idea de que la grandeza del presidente talvez resida, más que en sus dotes y habilidades, en la ausencia de actores y de actoras sociales articulados con voluntades crítica y democrática.

Actores y actoras quizás atrapados en una épica que nos remite permanentemente al pasado. Esa sensación borracha que pudo haber conmocionado a René aquella noche de su fatídica muerte.

Alfonso Torres, periodista
alfonsotorres68@gmail.com

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